Hay muchas formas de generar violencia...!
Les comparto el texto que escribe una amiga en la Revista Paquidermo y que refleja como la violencia en este caso hacia las mujeres es de uso cotidiano y se simboliza incluso en muchas practicas donde se trata de desarrollar "la culpa" como estrategia de justificación hacia quienes vaya dirigida...!
Autor: Adriana Sanchez
Tenía nueve años. Iba caminando despacio, de la mano de mi hermano mayor, por una calle céntrica de San Isidro del General. El camión se acercó de frente. Venían dos tipos. El copiloto sacó la cabeza por la ventana y gritó “¡flaca pero rica!”, con voz sonora. El insulto estaba dirigido a una niña de nueve años. La niña era yo.
Mi cuerpo, que fue dejando paulatinamente de ser mío, pasó a ser, ese día, un objeto del orden del dominio público. El dominio público es un lugar en el que todo el mundo opina: es flaca, pero rica. Es flaca, pero no tiene tetas. O tiene tetas muy ricas. O tiene tetas ricas pero es gorda. O tiene mucha celulitis. O camina como un ganso. El dominio público es un espejo tramposo: en él, una se mira a través de los ojos del otro, cuya empatía suele ser nula, cuyo juicio suele ser implacable. Este proyecto discursivo termina, con el paso de los años, convirtiéndonos en las peores juezas de nuestras desgracias: todo pasa porque nos lo merecemos. Por flacas. Por gordas. Por tetonas. Por usar minifalda. Por borrachas. Por zorras.
Hace veintiséis años, no existía en Costa Rica una ley que penalizara el acoso callejero. Al acoso callejero se le llamaba “piropo” y era algo por lo que yo debía sentirme agradecida. El enojo, el desconsuelo, la incomodidad con ese cuerpo del cual apenas empezaba a tener conciencia, no tenían cabida en la respuesta al piropo. Todas esas sensaciones me fueron transformando, poco a poco, en una muchacha temerosa e insegura. Con mala postura. Incapaz de externar ningún tipo de sensualidad. Me convirtieron en una muchacha jorobada. Vestida con ropa holgada para proteger ese cuerpo que alguien puso a mi cargo pero no es mío. Una muchacha anónima, ausente e invisible, porque ser invisible era mejor que ser lo otro. Mejor que ser “flaca pero rica” a los nueve años. Hoy hay una ley que penaliza el acoso verbal y físico pero el piropo sigue existiendo. Existe como si tal cosa. Como si fuera incuestionable. Una no lo pide. Pero la provocación está implícita en el acto: usted está rica, usted se buscó el piropo. Usted se puso minifalda, porque desea la mirada del otro sobre sus piernas. La provocación, que está inscrita en el acto mismo de ser mujer, no deja lugar a dudas en el ámbito de la práctica de dominación.
El enojo de mis nueve años aún me persigue. Lo experimenté sobre la piel de todo el cuerpo en 1999, en la fila del autobús, cuando un perfecto desconocido metió su mano en medio de ¿mis piernas? y la sostuvo por un momento contra ¿mi vulva? Lo miré sorprendida: él sonrió con picardía, como si fuéramos cómplices en un acto propiciado por mi condición de mujer. Caminé detrás del tipo hasta que la luz de un semáforo lo hizo detenerse: todo el cuerpo me temblaba. Toqué su hombro levemente y él volteó la cabeza. Le di un golpe con el puño cerrado, y el desnivel de la acera lo hizo trastabillar. De ahí en adelante, todos mis recuerdos están teñidos de rojo. Sé que lo golpeé mucho, contra el piso. Que pisé su tórax. Que le di más de una patada en la cara. Fue rápido. Luego un policía me sujetó por la cintura y me apartó del tipo. Preguntó qué era lo que estaba pasando. La voz se me quebraba. Me tocó. Este hombre me tocó, oficial. El policía me miró con cara de sorpresa y dijo “eso no es nada, mamita”. También a él le di un golpe en la cara, con el puño cerrado.
“Eso no es nada”. El discurso minimiza el daño de la acción hasta ponernos en el lugar de locas, exageradas o culpables. A la hermana de mi amigo, en una fiesta de final de curso, la violó un compañero de la universidad. Un perfecto conocido. Alguien de toda confianza. Ella estaba borracha.Ella tuvo la culpa. Siempre, por más que la lógica esté de nuestro lado, por más que nada justifique el acto de violencia, nosotras nos lo buscamos. “Eso no es nada”. No pasa nada si un perfecto desconocido aprieta con lascivia la vulva de una muchacha en la fila del bus. La hermana de mi amigo estaba borracha, así que ella se buscó la violación. Tenemos la culpa por ser mujeres.
En este escenario, la resistencia es inútil. El hombre del camión remesero que me gritó “flaca pero rica” cuando yo tenía nueve años todavía existe. Hay miles como él. Casi treinta años después, sigue siendo una tortura salir a la calle. Atreverse a caminar por la calle. La calle es una jungla. Yo no pido el piropo. No lo deseo. No lo propicio. No lo solicito. Pero aun así lo recibo. Mi palabra no vale: mi palabra es la palabra impertinente de un objeto que, lamentablemente, sabe hablar. Este diálogo existe:
Taxista: “Rica, bote ese bebé, que ya está muy grande. Venga y le hago otro”.
Muchacha: “Váyase a la mierda, viejo verde”.
Taxista (mostrando una nueve milímetros): “Calladita más bonita, mami”.
Este otro diálogo también existe:
Viejo en banca de parque: “Uy mi amor, qué rico se le marca el panocho con ese pantalón tan apretadito”.
Muchacha: “¿Quién le preguntó, viejo hijueputa?”
Viejo en banca de parque: “Está bien, fea. FEA”.
Y este otro también:
Tipo en moto: “¡Sabrosa!”
Muchacha: “¡Malparido!”
Tipo en moto: “¡Zorra!”
La invasión del ámbito privado de ese cuerpo que creemos nuestro no debe ser resistida, porque la resistencia genera aún más violencia. La borracha se buscó la violación. Y si se atreve a usar la palabra en contra del agresor, recibe el implacable juicio de la opinión pública: “¿quién la tiene?”, “a una muchacha decente no le pasan esas cosas”, “por buscona, por fiestera”. El espacio público es un lugar perverso, en el que nuestro cuerpo le pertenece a todos los demás. Nos educan con advertencias. Nos educan para la prevención: “No salga sola”, “no se emborrache”, “tenga cuidado”, “no se suba sola a un taxi”. Nos educan para que evitemos colocarnos en la posición en la que nuestra condición genere una respuesta instintiva de parte de un par que nos considera provocadoras y cómplices de la violencia que recibimos.
¿Qué ha cambiado de 1989 al día de hoy? Al parecer no mucho. Hace un par de noches fui a un concierto. Salí de madrugada de vuelta a mi casa. Durante el trayecto tuve miedo. Miedo de ir sola.Miedo de la oscuridad de la noche. Miedo del ojo implacable de la opinión pública y lo que tendría para opinar si mi exposición, mi atrevimiento, se llegaran a traducir en violencia contra mi cuerpo. A esa misma hora, una muchacha salía completamente borracha del mismo bar. Iba sola. Subió a un taxi y le pidió al taxista que la llevara a su casa. Estaba ebria, muy ebria. El taxista, como quien se siente una persona correcta y decente, le dijo estas palabras: “agradezca que soy un mae buena nota y no la violo, porque a como usted anda, sería muy fácil aprovecharse”. De 1989 al día de hoy, ha cambiado un discurso. Pero la práctica sigue siendo la misma: el cuerpo, en el espacio público, es de todo el mundo menos de su propia dueña. No se engañe, amiga: su cuerpo no es suyo. Su cuerpo es un destino. ¿Qué hemos hecho para cambiar la práctica? ¿Cuántas niñas siguen siendo acosadas, violadas, despojadas de la propiedad sobre su cuerpo antes de entrar a la adolescencia? ¿Cuántos cuerpos son mutilados, leñateados, violentados, antes de entrar a la vida adulta? ¿Cuántas de sus amigas han recibido una agresión verbal en la calle, de parte de un perfecto desconocido? ¿Cuántas muchachas han experimentado la impotencia de saber que un NO, por más enérgico, no es suficiente para detener la avanzada sexual de un hombre contra el cual la resistencia física solo generará una violación más dolorosa, con más secuelas sobre el cuerpo?
Repita conmigo: “eso es algo”. Es algo grave. Decir lo contrario, decir que “no es nada”, es normalizar de la violencia. Es el posicionamiento de la dominación como parte de una estructura fija, en la cual podemos ser visibles para ser deseadas, pero no para ser escuchadas. Dígame que estoy loca, que soy una exagerada. Ahora pregúntele a su círculo de conocidas cercanas cuántas veces han sido violentadas por la opinión pública, que tiene tantas bocas para decir palabras soeces y tantas manos para tocar lo que considera propiedad de todos. ¿Cuántas son? ¿Seis de cada diez? ¿Nueve de cada diez? ¿Todas? ¿Todas somos locas, exageradas? ¿Todas nos lo buscamos? ¿Qué tenemos todas en común? ¿La locura, la exageración, la culpa? ¿Deberíamos agradecer que alguien en la calle nos encuentre atractivas y nos vuelva a ver? ¿No es nada? Respóndame estas preguntas. Hablemos sobre cambiar el mundo. Hablemos sobre la violencia normalizada, vista como algo común, que una niña de nueve años debe aprender a aceptar como parte del destino de su cuerpo. Hablemos hasta que llegue el día en el que ese cuerpo, en vez de ser un destino, nos ayude a construirlo.
Autor: Adriana SanchezEsta polifacética generaleña es, entre otras cosas: cocinera de manjares de vocación, de profesión filóloga, en lo laboral integrante de la Cooperativa Sulá Batsú, autora de los blogs Manos en la Masa y Furia de Mais, así como dueña de uno de los humores más ácidos que tiene este país, razón esta última por la que es muchas veces incomprendida y víctima de los trolles más cerrados del mundo virtual. Además es fundadora de Revista Paquidermo, aunque no lo quiera aceptar.